lunes, 2 de junio de 2008

Au revoir, Yves


El anuncio de la muerte de Yves Saint Laurent confieso que me ha conmocionado. Es cierto que se sabía que padecía una dura enfermedad y que siempre, a lo largo de toda su vida, su salud fue frágil y quebradiza. Pero también es cierto que a la muerte, nunca la esperas.

Su socio y amante, Pierre Bergé fue el que anunció anoche el fallecimiento del modisto a causa de un tumor cerebral. Estaban con él, el mismo Bergé y su amiga y musa Betty Catroux. La actriz Catherine Deneuve llegó diez minutos después. Esta tarde se ha anunciado que el funeral se celebrará el jueves a las tres y media de la tarde en la iglesia Saint Roch, en la Rue Saint Honoré. Después su cuerpo será incinerado y sus cenizas permanecerán en el jardín Majorelle, en Marrakech.

Desde su primera colección en solitario, cuando apenas contaba 24 años, terminaba el servicio militar y no reanudaba su labor en la maison Dior, su nombre fue encumbrado por la prensa que ya lo situó en el Olimpo de los grandes, junto a Coco Chanel, Cristóbal Balenciaga y Christian Dior. Sin duda, aquel joven francés de origen argelino que llegó a París con 17 años y descubrió el mismo Dior un año después, tendría que dar mucho que hablar.

Sólo queda agradecerle todo lo que hizo, empezando por la línea Trapecio (todavía dentro de la maison Dior) y acabando por el smokin femenino, sello de la casa. Por el camino, el traje pantalón femenino, el vestido de musolina transparente y la chaqueta safari. Fue el primero en subir el tejano a la pasarela y en dar categoría de costura la ropa de la calle. También abrió la brecha de la tendencia étnica con sus creaciones de inspiración africana, marroquí o china, que alcanzaron su cota máxima con la que le inspiraron los ballets rusos, toda una explosión de fantasía.

También fue pionero en el prêt-à-porter de lujo. De hecho, de la apertura de su primera tienda Rive Gauche en 1966, los periódicos de la época se hicieron eco de la locura que desató: sus puertas permanecieron abiertas hasta medianoche por la afluencia de clientas que no querían irse sin uno de sus trajes que había puesto a la venta por 60 dólares (¡de la época!).

Decía ayer Pierre Bergé al dar a conocer la muerte del modisto que “Chanel dio libertad a las mujeres. Yves Saint Laurent les dio poder. Abandonó el territorio de la estética para penetrar en lo social”. Fue a raíz de las manifestaciones estudiantiles del 68 que crea el traje chaqueta con pantalón, intuyendo un giro en la liberación de la mujer de acento feminista. Aquel mismo año, cuando la minifalda causa furor entre la población, él lanza un largo por debajo de la rodilla, un tope que desde el New Look de Dior no se había vuelto a rebasar. Más tarde embellecería el cuerpo de la mujer envolviéndolo del efecto nebuloso de la muselina para asistir a la revolución sexual de la mujer.

Pero no sólo siguió de cerca los cambios en la manera de pensar, sentir y vivir de la mujer. En 1971 puso los pelos de punta a la sociedad francesa al posar completamente desnudo para el anuncio de su fragancia masculina. ¿Por qué no? Una imagen que más tarde utilizaría Tom Ford, con el que ¡ay! no se llevaba muy bien...

Sus épocas doradas fueron los sesenta y los setenta. En los ochenta vino su primer gran reconocimiento, una retrospectiva en el Metropolitan de Nueva York coincidiendo con el 25 aniversario de su trayectoria. Era el primer modisto vivo al que se le dedicaba una exposición de estas características. También fue la década de control de la empresa, tras una fuertísima expansión en los 70, no sólo en el lanzamiento de nuevas líneas (fragancias, colección de hombre, textil hogar), sino también en la apertura de más de un centenar de tiendas.

Y en los 90 vinieron los problemas por el control. Fue la primera empresa de moda francesa en cotizar en bolsa. A finales de la década, la marca YSL se vendió al grupo Gucci, recién relanzado por el tándem Dominico De Sole-Tom Ford. El modisto francés, ya con una salud delicada, cede el relevo a un joven Alber Elbaz que apunta maneras, quien tras tres temporadas se verá relegado del cargo por un ambicioso Tom Ford, que toma las riendas de la colección de prêt-à-porter. Las disputas por el control de la casa se suceden, hasta el punto que ni Saint Laurent ni Tom Ford esconden su enemistad.

Al final, Bergé-Saint Laurent se quedan con la alta costura; De Sole-Ford, con el negocio de las fragancias y el prêt-à-porter. La incomunicación es tal que bajo las siglas YSL se presentan cada temporada dos líneas completamente distintas. Será hasta 2002, cuando el diseñador francés anuncia su última colección de alta costura.

Desde los 90, se volcó en la Fundación Pierre Bergé-Yves Saint Laurent, ubicada en la sede de la que fuera su maison, en el barrio de Saint Germain. Sus fondos, no sólo dan pie a una exposición permanente, sino que sirven para la gestión de otras muestran que dan vueltas por el planeta. Ejemplo de ello es la que hasta finales de abril recaló en A Coruña y que establecía el vínculo entre el modisto y el arte, del que era gran aficionado. Entre sus pasiones, además de los grandes artistas, se cuenta la ópera, el teatro y la danza, para los que diseñó vestuarios, así como la literatura y, en su mesita de noche, el indispensable En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

El Rey de la Moda, en cinco minutos

Para neófitos en el tema, un repaso rápido a porqué Yves Saint Laurent merece la atención que se le está dedicando. Nació el 1 de agosto de 1936 en Orán (Argelia), en el seno de una familia acomodada. Ya de niño, apuntaba maneras y jugaba con sus hermanas a recortar vestidos para las muñecas. A los 12 años organizó su primer desfile en el que sus mismas hermanas hacían el papel de clientas. Se educó en el Liceo de Orán y a los 17 años ganó el primer premio de un concurso de diseño con el dibujo de un vestido negro de cóctel.

Quiso estudiar arte en París, donde aterrizó con apenas 17 y entabló amistad con el entonces editor de la edición francesa de Vogue, quien le publicó sus ilustraciones y, más tarde, le animó a presentarse al concurso de diseño en el que tropezaría con Christian Dior, uno de los miembros del jurado. El maestro olisqueó el talento y no lo dejó escapar. Con 18 años, Yves Saint Laurent se convertía en el asistente de Dior. En 1957, con la muerte del maestro, le sucedería y tomaría las riendas de la dirección creativa de la maison. Sus primeras colecciones generaron tal éxito que la prensa no dudó en afirmar que era el sucesor natural de Christian Dior.

Pero empezó a desarrollar su propia visión de la moda, a perfilar su propio estilo, que se alejaba del espíritu Dior. Fue entonces cuando el ejército francés lo llamó a filas para cumplir con el servicio militar y en su puesto lo substituyó el diseñador inglés Marc Bohan, quien hacía unos años había recalado en la maison como número dos. Bohan conseguía encauzar de nuevo el estilo del maestro, que con las últimas colecciones de Saint Laurent había quedado algo diluido, y la casa decidía otorgarle la dirección creativa.

El paso de Saint Laurent por el ejército no le fue provechosa en ninguno de los sentidos. A los pocos meses, fue ingresado en el hospital militar. Es entonces cuando se estrecha su relación con Pierre Bergé, un amigo de la infancia que viene a París para ser artista, pero que se acaba convirtiendo en un destacado marchante de arte y en un importante hombre de negocios.

Tras licenciarse, puso un pleito contra la casa Dior, donde Bohan había ocupado su puesta. Lo ganó y la maison se vio obligada a indemnizarle. Con este dinero empezó el imperio YSL. En 1962 presentó su primera colección, con la que arrasó. En 1963 introdujo el arte abstracto a la moda; en 1966, el pop; visitó a la mujer de smoking y convirtió al pantalón en prenda femenina de fiesta; revolucionó con la blusa transparente; lanzó los bucaneros y las bermudas; en los 70, el blazer y la espalda descubierta; introdujo la estética oriental y folk.

En 1966 lanzaba además su primera línea de prêt-à-porter, al margen de la costura. Más tarde impulsó las licencias y entró en el negocio de la perfumería y la cosmética. En 1970 lanzó su primera colección masculina. Por aquellos años, se decía que YSL facturaba más que Renault. Sin embargo, en 1971 su colección Estilo 40 recibió tales desaprobaciones que decidió cerrar por un par de años. Volvió a las pasarelas en 1974 con vestidos estilo Segundo Imperio, que le valieron el calificativo de Rey de la Moda por parte de la revista Time.

Ya en los 80, llegaron las retrospectivas. A la de Nueva York, le siguió la del Museo de Bellas Artes de Pekín y la del Museo de las Artes Decorativas de París. En 1986, Yves Saint Laurent empleaba a más de 10.000 personas en 200 países y facturaba 3.000 millones de francos al año. Era también la única empresa de moda francesa que cotizaba en bolsa. En 1993, la casa anunciaba su fusión con la empresa pública Sanofi (filial de la petrolera Elf).

En 1994, LVMH, que ya se había hecho con otras siete grandes casas de moda y perfumería francesas, adquirió por 5.000 millones de francos (910 millones de dólares) la marca YSL. Un año después, Gucci compraba el grupo Sanofi Beuté, propietario de YSL, por 1.000 millones de dólares.

El 11 de septiembre de 1996, Yves Saint Laurent anunció su retirada de la pasarela de prêt-à-porter de París y su dedicación a la alta costura. La versión oficial fue su frágil salud; los rumores acusaban a la tensa relación con la dirección de Gucci. El 7 de enero de 2002, anunció su retirada definitiva de las pasarelas.

martes, 20 de mayo de 2008

La ética de la moda


La marca de íntimo masculino que lleva el nombre del tenista Björn Borg ha llenado las puertas de la Casa Blanca de calzoncillos usados en un acto de denuncia por su gestión política. Para dejar constancia de ello, su gabinete de prensa en España, Sogues Comunicación, ha enviado a los periodistas del país un comunicado que lo relata con esta imagen, en la que se ve, además de una montaña de ropa, las cajas con el logotipo de la marca sueca.

En la nota de prensa se explica que esta acción responde a una campaña que la empresa puso en marcha en octubre a través de su página web. Pidió a sus consumidores la ropa interior usada y les preguntó qué podrían hacer con ella. Björn Borg (la marca, no el tenista) recibió 19.139 calzoncillos usados de todo el mundo con diversas peticiones acerca de su destino. De todas las solicitudes, la que recibió más apoyo fue la que proponía enviarlos al presidente de los Estados Unidos, George Bush.

Después de esta acción de marketing protesta, la marca sueca continúa recibiendo calzoncillos usados y preguntando a sus consumidores qué se les ocurre que podrían hacer con ellos. Cuando reúnan una nueva montaña de 20.000 calzoncillos, los enviarán de nuevo a cualquier otro punto del planeta en protesta a vete a saber qué.

Parece una iniciativa enrollada, contestataria y divertida. Pero, ¿cuál es su fin? ¿El marketing tiene ética? ¿Las empresas tienen ideología? Hace un par de semanas, me preguntaron hasta qué punto era importante la responsabilidad y la ética en las empresas, en referencia a este debate tan en boga sobre la responsabilidad social corporativa (RSC), todo lo que implica ser respetuoso con el medio, los derechos laborales, etc. ¿Basta con colaborar con una ONG o realizar un acto protesta como el de Björn Borg?

Tanto si es una moda como si no, lo cierto es que hoy las marcas deben cumplir con todos los estándares medioambientales y laborales para no defraudar al consumidor. Una cosa es que uno ponga en la lavadora una prenda y se le encoja o le destiña; otra es enterarse que la marca contamina ríos en China o tiene a trabajadores en régimen de semi esclavitud. Cada vez que a una marca se le acusa de ésto (sea cierto o no) sus ventas caen en picado. Ejemplos como los de Nike, Gap o H&M dan muestras de ello.

Por tanto, la RSC es estructural, debe ser inherente a la marca, a su gestión, producción y distribución, del mismo modo que lo es el diseño y la calidad. Cualquier otra fórmula es puro maquillaje. La pregunta es: ¿Es ético ostentar de la ética?

La empresa tiene un único e indiscutible objetivo que es vender, cada vez más y más caro. Entonces, ¿es ético que utilice acciones de protesta o solidaridad para potenciar sus campañas de marketing? ¿Es correcto que canalice una denuncia social o lleve a cabo una misión humanitaria para conseguir incrementar su cuenta de resultados? ¿Y aceptamos que lo comunique a bombo y platillo y se presente como el salvador de las causas perdidas?

En el caso concreto de Björn Borg, se ha utilizado el malestar que provoca la gestión política del presidente estadounidense. En el comunicado de prensa se incluye una declaración del vicepresidente y director de marketing de la marca sueca, Jimmy Johansson, en la que dice: “La elección del receptor de la ropa fue una decisión de los clientes, y ahora nos hemos asegurado completamente que toda la ropa ha sido entregada a George W. Bush”. ¿Buen rollito con los consumidores... o se están lavando las manos ante cualquier responsabilidad?

El caso es que con tal proeza, los calzoncillos suecos dicen mucho más ante las puertas de la Casa Blanca que en una campaña millonaria con modelo o celebridad de turno. No sólo son los del jugador de tenis mítico, sino que además son enrollados y rebeldes. Es el calzoncillo del progre guaperas, al que le gusta cuidarse y que además está por la causa ajena.

Si hay que admirar al capitalismo por algo es por la facilidad con la que se hace suyos los símbolos que lo censuran. El ejemplo más significativo es el del rosto del Che, que hoy es todo un logotipo, tan lucrativo como el de cualquier otra marca. El mismo sistema se encarga así de atender y solventar sus esquinas desatendidas, de remendar los bajos deshilachados. Y nos encontramos cada vez con más empresas que colaboran con ONGs y que nos motivan a comprar con el argumento de que estamos contribuyendo a una causa justa. ¿Es justo vender con las penas de los demás? ¿Es ético hacer de la ética la bandera de una marca comercial?

¿Es ética la moda?

Y puestos a rizar el rizo, pongo sobre la mesa la carta de la ética en la moda. Siguiendo con los calzoncillos Björn Born: por un lado, inundan las puertas de la Casa Blanca de ropa interior usada y dicen NO a la política de George W. Bush; por otro lado, llevan el nombre de un gran deportista y nos hablan de una vida y un cuerpo imposible, cuidado personal y seducción, llamando a las puertas de vanidad y la egolatría. Es decir, el metrosexual resulta que está comprometido con causas sociales. Por un lado: aspiraciones personales. Por otro lado: acciones protesta. ¿Convertimos las protestas en aspiraciones? ¿Forman parte de nuestra vanidad? ¿Y es ésto ético? ¿Contribuimos a un mundo mejor comprándonos unos Björn Borg? ¿Somos más guapos por ello?

De todos modos, el caso de los calzoncillos usados sería anecdótico si lo comparamos con las marcas de moda que producen en talleres que tienen a sus trabajadores en condiciones lamentables y luego visten a estrellas de Hollywood emanando manantiales de glamour y sofisticación. O las que subcontratan la producción a costes irrisorios en países pobres y luego nos piden que compremos ablandándonos el corazón y diciéndonos que colaboran con ONGs para paliar la pobreza en el Tercer Mundo.

Por último, ¿es ético un negocio que nos invita a ser y comportarnos de determinada manera? Recordemos que la moda no vende trapos sino identidades.

viernes, 9 de mayo de 2008

El vestido del súper héroe

Por fin alguien tenía que percatarse de los vínculos cómic-moda, de los vestidos de los súper héroes y de su influencia en las pasarelas. El Metropolitan de Nueva York se ha atrevido con ello en la exposición Superheroes: Fashion and Fantasy, financiada nada más y nada menos que por Giorgio Armani, el mismo que colgó del armario de la mujer ejecutiva de los 80 su look de superwoman.

Además, el fervor del cómic parece haber revivido en la gran pantalla gracias al éxito de taquilla que han cosechado algunas superproducciones. Sin ir más lejos, la pasión que el pasado fin de semana despertó el estreno mundial de Iron Man, ha motivado ya a los estudios Marvel a anunciar su secuela, además de nuevas películas con otros súper héroes en lista de espera: el Capitán América, Los Vengadores y Thor.

El súper héroe que salva al mundo, un personaje con poderes sobrehumanos capaz de hacer frente a cualquier villano que tenga la salvaje idea de destruir o esclavizar a la humanidad, no es de extrañar que naciese en la Segunda Guerra Mundial y se desarrollase en plena Guerra Fría, épocas en las que el mundo se dividió entre buenos y malos. Hoy, que continuamos en las andadas, el súper héroe vive otra época dorada.

Si algo les caracteriza es, en primer lugar, sus súper poderes, y en segundo lugar, su traje. Sin el traje adecuado, el súper héroe no puede salir de su casa y mucho menos salvar la humanidad de una manera digna. Suerte tuvieron que los conociéramos en nuestra infancia y no nos costase aceptar a un tipo con mallas, en ocasiones con capa y otras con antifaz. Casi era más sorprendente que volase o echase telarañas por las muñecas.

En fin, en la vida real, sus trajes no han pasado de moda carnavalera. Aunque no estaría de más observar las caras de pasmo en el metro, la oficina y el menú si mañana una se pasease por ahí de Catwoman, con sus caderas latinas y las gafas de pasta. ¡Peores cosas se ven!

El caso es que en más de una ocasión ha habido un diseñador que ha decidido inspirar su colección de temporada en algún súper héroe. La de los 80 fue una de las etapas en que más estrecharon los lazos ambos mundos, tanto por la oleada transgresora que invadió la década, como por el fervor al body building: la pasión por el gimnasio, el aeróbic y el footing, las ganas de un cuerpo perfecto, moldeado, musculoso... dieron pie a la ropa ajustada, elástica, maleable. En definitiva, lo que acabamos interpretando en mallas de ciclista y t-shirt con hombreras. Ahí es nada. ¡Vaya súper héroes!

La exposición del Met reúne unos 60 estilismos, con vestidos de pasarela, trajes utilizados en películas y prendas deportivas muy técnicas que narran cómo el estilo de los héroes del cómic se ha ido colando en nuestras vidas. Están el traje que Bernhard Wilheim presentó hace un par de años inspirado en Superman, el bustier con manillar y retrovisores de Thierry Mugler, los leggins metálicos articulados de Balenciaga, un traje de Gaultier que imita una segunda piel, etc. A la hora de seleccionar, no se han quedado cortos, porque encontramos otros grandes hits en la materia, de mano de Galliano, McQueen o Pierre Cardin, entre muchos otros.

Sin duda invita a una reflexión interesante sobre el papel de la cultura del súper héroe y su adaptación a nuestra cotidianidad, su proyección en nuestros anhelos e identidades, ya sea desde un punto de vista funcional, estético o irónico. Es además un nuevo paso en el estudio de los vínculos que establece la moda con el arte, la literatura, el cine y la sociedad. Y es que del mismo modo que la moda toma referentes de personajes de libros o películas míticas, ¿por qué no iba a hacerlo con los del cómic?

Mango y el circo


La cadena quiere desmarcarse de competidores como Zara o H&M, subir un peldaño y darse aires de boutique parisiene. Hace ya unas temporadas que no cesa de sorprendernos con sus ideas y proyectos, ya sean sus fichajes estrella, los premios Botón con Valentino y Liz Hurley en el jurado, o sus desfiles con todo el elenco de celebridades locales, véase Mónica Cruz, Kiryl de Bulgaria, Naty Abascal, Marta Sánchez, Carla Royo-Villanova, Olivia de Borbón, Alejandra Prat, Nuria March, Claudia Ortiz Domecq y Manu Tenorio, entre muchos otros que soy incapaz de reconocer.

Para su último desfile escogió el Circo Raluy, un escenario ante todo peculiar, antiguo, de una atmósfera frágil y delicada, que al traspasarla, da la sensación de estar rompiendo cierto halo de magia sostenida. Una sensación que dura apenas tres segundos. ¡Pop! Como una pompa de jabón, tal ensoñación se desvanecía al instante por el griterío de encuentros y la siempre fastidiosa tarea de buscar el asiento correspondiente. Y tal encanto fue ya imposible de recuperar, porque un poco más tarde, empezó el goteo de famosas y famosos, con su cola de fotógrafos, cámaras de televisión y las entusiastas presentadoras micros en mano.

Y luego se apagaron las luces y empezó el desfile. Largo. Larguísimo. ¿Es necesario que sea tan largo? La colección que presentó contenía ciertos diseños muy cuidados, sin desentonar nunca de la tendencia ni arriesgar en exceso. Pero en fin, estamos hablando de Mango, no de Gareth Pugh. Creo que sería necesaria una criba, una selección de los best of the best, porque si no, el desfile se hace pesadísimo. Lo malo de la filosofía todo-lo-que-tengo-traigo es que lo bueno naufraga entre la multitud.

Fin del desfile. Después de cuatro, me sigo preguntando: ¿Cuál es el objetivo de celebrar desfiles? ¿Es notoriedad de marca? ¿Es un evento de relaciones públicas para tener contentos a amigos, colaboradores y prensa? ¿Son ganas de invitar a Naty Abascal?

Y mientras me pierdo en mis divagaciones... otra sorpresa: ¡¡Blondie en concierto!! Su música está en el último anuncio de perfume de Gucci y en la fiesta post-desfile de Mango. Y al oír Call Me! Callmecallme... recuerdo a un joven Richard Gere de gigoló vestido de Armani. Y ajena a los hits de esta estrella rubia que a sus 50 pasados conserva la frescura con la que sedujo en los 80 con su personal mezcla de pop + rebeldía + ironía, toda una multitud que parlotea con la copa de champagne frío en la mano. Por ahí, lo que queda del famoseo que ha sobrevivido al photo-call y que huye de las cámaras como gato que vuelca la olla, y el modelo Jon Kortajarena, atento y simpático con el plantel de admiradoras, parecía que hubiese sacado la caja de Filipinos.

Si es que para tal espectáculo, lo que mejor le iba a Mango era un circo.

Mango busca su lugar en el mundo y va tanteando posibilidades. El problema es la magnitud. Si se es una empresa pequeña, trazar y corregir estrategias es igual de complejo y caro, pero al menos, es más discreto. Para una empresa como Mango, que factura más de mil millones de euros al año, no sólo no pasa desapercibida, sino que es sujeto de estudio y, por supuesto, de crítica.

Mango está arriesgando en una especie de now-or-never. Se ha desprendido del complejo de pyme que parece atacar a todas las empresas de este país para actuar como una auténtica marca internacional de moda. Ficha a celebridades para sus campañas de publicidad y, desde hace unas temporadas, las utiliza para que le diseñen colecciones exclusivas y limitadas; abre tienda en el Soho neoyorkino en un edificio emblemático; realiza desfiles por todo lo grande con su elenco de celebridades locales (al mejor estilo Madrid); y se lanza con un premio de 300.000 euros (50 millones de las antiguas pesetas) apadrinado por Valentino. Por otro lado, lo intenta de nuevo con el hombre con la colección HE by MNG, tras haberlo abandonado a principios de los 90; y se sube al yate con los bañadores de Liz Hurley.

Y es que competiendo con Zara o H&M, Mango necesita ponerse las pilas. Si no puede igualar a sus competidores en cuota de mercado, al menos espera distinguirse de ellos con ciertas dosis de glamour.

domingo, 4 de mayo de 2008

La locura de los bolsos


Nadie entiende qué nos sucede a las mujeres con los bolsos. Por los zapatos puede haber más o menos pasión, por todo lo que implica, de físico y de metafísico, pero lo que ocurre con los bolsos es extraordinario. Nos podríamos comprar uno a la semana. No importa que no combine, que no sea tendencia, que no sea de la temporada, que cueste 300 ó 50 euros, que sea de tela o de piel de cocodrilo, con marca o sin marca, una vulgar copia... si es monísmo, cae.

No hay tienda de marca de lujo que no tenga sus bolsos bien colocaditos en el mismísmo umbral de la puerta. Es su manera de darte la bienvenida. Tampoco hay tienda de ropa que no cuente ya con su sección de bolsos y complementos, por pequeña que sea. Y qué decir de Misako, ¡una locura! Hay incluso quien se pasea por ahí con la bolsa de la tienda ¡¡¿?!! (La que te dan al comprar un bolso…)

La gran distribución empieza a interesarse por este universo que, en ocasiones, es el que salva las cuentas a las grandes firmas de alta costura y prêt-à-porter. Las cadenas españolas tienen ya sus enseñas específicas: encontramos Mango Touch y Adolfo Domínguez Complementos. Y ahora Inditex anuncia el lanzamiento para este verano de Uterqüe, tiendas sólo de bolsos y zapatos. El nombre es feo de narices e impronunciable: U-ter-qüe, pero presiento que va a enloquecernos.

¿Qué sucede con los bolsos? Si hay que enumerar los motivos, racionales o no, que nos impulsa a comprar bolsos, algunos podrían ser: que son claves para acabar de definir el total look; que ponen el broche final; ayudan a destacar si vas sencilla, equilibran si vas de rock star; son ideales para regalar; etc. Necesitamos además uno para cada ocasión: grandes para un día agitado, grandes y elegantes si además el día es de trabajo, modelo cartero si se va con las manos ocupadas, mochila si se viaja en moto, de la compra... pues para la compra, pequeño para salir, pequeño y curioso para citas y bodas, ufff!!! no acabaría nunca. En verano, además, esto se multiplica: el de ir a la playa, el de ir a la piscina, el de salir a tomar algo, el de paseo... ¡Si es que tendrían que desgravar!

Cuando los expertos empiezan a divagar sobre el tema salen todas estas justificaciones y alguna otra de más. La última que me pareció interesante decía que los bolsos vienen a solucionar el problema de las tallas. Y es que la ropa (sobre todo la de marca) tiene ese problema: que no cabe a todas. A menos que nos olvidemos de la industrialización y retomemos la costura y el traje a medida, las tallas serán un problema. Solución: si no puedo comprarme unos pantalones, ¡pues me compro un bolso estupendo!

En las marcas de lujo, la satisfacción es doble: solucionan el problema de las tallas y el del precio. Además, son toda una inversión porque sus bolsos acostumbran a ser auténticos iconos, reconocibles y venerados por los ojos de los demás tanto como un Santo Grial. Son el detalle que marca la diferencia entre los que quieren aparentar. Están por encima de las temporadas, con lo que no acumulan polvo hasta que se les aborrece. Y aunque duela como una puñalada, si la ocasión lo precisa, puede revenderse de segunda mano y recuperar algo de su valor.

Desechar las copias, sobre todo si son demasiado sospechosas. Lo único a lo que contribuyen es a acentuar la vulgaridad (hasta que alguna celebrity las legitime, claro). Ojo! La F de Fendi sólo tiene dos palitos, cuidado con las Gs de Gucci y las LV cruzadas. ¿Vale la pena comprar una falsificación? Porque lo más triste del caso es que una que sea decente puede costar entre 100 y 200 euros, un precio por el que se pueden encontrar otros bolsos de primerísima calidad y buen diseño.

En todo caso, también se ha pensado en las icon addicts con presupuesto limitado. Hay páginas web que alquilan los bolsos estrella de las marcas de lujo por días, semanas y meses. Incluso los llegan a vender de segunda mano a precios de risa. Se puede encontrar tesoros como un Baguette de Fendi o el Buckle Tote de Prada.

La aventura del Birkin

La pasión por los bolsos es tal que hay quien escribe un libro sobre su aventura por conseguir uno de estos iconos. Tiene como título Bringing home a Birkin y lo ha escrito un tal Michael Tonello, dueño de un salón de belleza y adicto a los objetos de moda en Australia (muy lejos para ir a comprobarlo). En él relata que se ha inventado un sistema para saltarse la lista de espera de dos años en Hermès.

El intrépido Tonello se pasó cinco años paseando por las tiendas Hermès de todo el mundo para hacerse con un montón de bolsos Birkin, que primero empezó a distribuir a través de Internet, pero que más tarde empezó a vender (sobre valorados, of course) a clientes privados que no querían esperar los dos años.

martes, 8 de abril de 2008

Pasarelas regionales y otros animales de compañía

Si el otro día ponía en entredicho el futuro del actual modelo de pasarela, cabe preguntarse qué ocurre con las de repercusión regional. Aunque parezca increíble, todo gobierno local o autonómico que se precie debe tener su pasarela de moda. Hay dos cuestiones clave en la política local española: organizar una buena fiesta mayor con orquesta, toros y fuegos artificiales, y tener una pasarela. ¿Por qué? Porque son los dos únicos momentos de la legislatura en que la prensa (local, se entiende) va a hablar en positivo del equipo de gobierno.

Dicen que su objetivo es la promoción de las empresas y del talento del lugar. Y en cierta manera lo consiguen, porque no hay otra cosa que emocione más a un periodista de un medio local que salir de su rutina de información municipal e ir a ver a cuatro chicas monas (en el mejor de los casos, modelos profesionales) en lo alto de una pasarela. Pero la repercusión no cruza las fronteras locales, ni si quiera trayendo a editores de revistas especializadas de tirada nacional convenciéndoles de presidir un jurado de cualquier premio que se saquen de la manga.

Son pasarelas que se celebran fuera del calendario comercial (del periodo en el que boutiques y otros distribuidores compran colecciones, que se alarga de enero y febrero para las de otoño-invierno y de julio a septiembre para las de primavera-verano). Muchas veces, sólo convocan una edición al año, sencillamente porque el tema no da para más. Es el caso de Gran Canaria, que su fuerte es el baño; o de Pasarela Abierta de Murcia, cuyo fin es lanzar diseñadores emergentes; o la de Moda Adlib de Ibiza, de rollo hippy.

Cuentan con presupuestos modestos y se financian con dinero público, que invierten en traer a alguna modelo habitual de Cibeles y en alguna que otra celebridad local que de algo de caché al asunto. Y si el pueblo-ciudad o comunidad en cuestión tiene diseñador célebre, se le convence para ser cabeza de cartel de un programa de marcas medias de prêt-à-porter y otros creadores locales. Hay quien incluso va más allá y organiza exposiciones, charlas y mesas redondas.

Y poca broma con el asunto. La última edición de la pasarela de Castilla y León, que se celebra desde hace unos años en Burgos, contó con más de cuarenta marcas y diseñadores, liderados por la estrella burgalesa Amaya Arzuaga y unos amigos que se trajo de Madrid: Ana Locking y Juanjo Oliva. Y qué decir de la de Valencia, que ha pasado de ser la Pasarela del Carmen a convertirse en toda una semana de la moda con un programa de tres días (aunque sin Francis, ya no es lo mismo).

El fin último, que no se engañe nadie, es más turístico que otra cosa. Si por el camino resulta que consiguen descubrir algún talento del lugar, pues bienvenido sea. Pero aquí el asunto es tener la pasarela más grande y con más glamour, por la que concejalas, empresarias y esposas desfilen con sus mejores galas. Del mismo modo que cada pueblo quiere presumir de mejor fiesta mayor, la pasarela tiene que ser bien lucida. Todo se viste con una selección de los mejores productos de la tierra, vino D.O., y fin de fiesta con orquesta/ dj y barra libre.

Todo es positivo y buen rollo: se potencia la imagen del lugar; si hay suerte, sale algún diseñador o marca local; aquellos que siempre se quejan que no tienen dónde desfilar, ya tienen su sitio en el mundo; se luce el equipo de gobierno; los periodistas están contentos... ¿qué más se puede pedir? Los problemas surgen cuando vienen elecciones y hay cambios en cabildos, juntas, generalitats y demás. Entonces hay nuevos proyectos, nuevos amigos y conocidos...

El caso es que todo esto está muy bien, pero son proyectos poco ambiciosos con resultados bastante discretos y financiados desde las arcas públicas. En Francia, por ejemplo, se organiza de aquí unos días uno de los acontecimientos de moda con más repercusión internacional fuera de temporada: es el festival de moda y fotografía de Hyères, un concurso para jóvenes talentos en el que en su día fueron descubiertos Viktor & Rolf, Sébastien Meunier, Gaspard Yurkievich o Wendy & Jim, entre otros. Van por la edición número 23.

Así que a finales de abril, coincidirán en esta localidad de la Riviera francesa diseñadores, estilistas, agentes, galeristas y todo aquel que esté involucrado o interesado en este negociete. En un ambiente relajado, fuera del estrés diario, de la urbe, la contaminación, las citas, los taxis y el teléfono, se genera un clima único para hacer contactos y conocer a aquel, al otro y al de más allá. Es turismo, es ocio, es moda, es experimentación... y !business¡. Podríamos ir tomando nota.

miércoles, 2 de abril de 2008

Los sucesores

Son varios los periodistas y expertos que comparan a los diseñadores de moda de hoy como los príncipes de antaño. Trazan un paralelismos entre la aristocracia francesa del siglo XVIII y esta corte que pulula por la industria del lujo y la moda y que abarca desde el máximo directivo hasta la más discreta de las dependientas. En estos reinos y principados, la figura central es el diseñador. Sin él, estos castillos de arena y humo quedan en nada, se esfuman.

Es lógico, ¿cómo va a atreverse nadie a pisar, reinterpretar o reinventar, el aura de los grandes createurs, cuyas vidas hemos acabado mitificando y adorando? Okei, aceptamos a Karl Lagarfeld para seguir la estela de Coco Gabrielle Chanel, a John Galliano para la Christian Dior y a Nicolas Ghesquière para la de Cristóbal Balenciga. Casi hemos asumido a Stefano Pilati tras Yves Saint Laurent y a Alber Elbaz para Jean Lanvin. Pero, ¿qué ocurre con todos los demás?

Una de las casas que hoy tiene problemas para encontrar sucesor al trono es Gianfranco Ferré. El diseñador italiano fallecía en junio y justo finalizar el verano ya tenían hombre de repuesto: el sueco Lars Nielsson, quien ya había hecho sus pinitos por los ateliers de Ralph Lauren, Bill Blass, Christian Lacroix o John Galliano. Abandonó entonces su puesto al frente de Nina Ricci, donde esta temporada debutó Olivier Theyskens, quien se acababa de quedar sin trabajo tras echar el cierre la casa Rochas, a la que consiguió sacar del ostracismo.

Pero a Nielsson las cosas no le fueron muy bien por Milán. Debió de ser difícil para un sueco, llegado así de repente, casi desconocido, ponerse al frente de un equipo que en su día trabajó para Ferré (¡para el maestro!), que aprendió de él y que lo sabía todo de él. Duró menos de una temporada. Presentó su colección en febrero y se marchó por la puerta de atrás.

Ahora, la casa italiana anuncia el fichaje de los diseñadores de 6267, una marca que bien podría pasar por el número pin del móvil o el número secreto de la tarjeta de crédito. En fin, detrás de estos cuatro dígitos están Tommaso Aquilano y Roberto Rimondi, a los que se considera ya los exponentes de la nueva generación de diseñadores italianos. Les deseamos mejor suerte que a su colega sueco, aunque este dueto juega con doble ventaja. Por un lado, son italianos (príncipe sueco en corte italiana era difícil de encajar); y por otro lado, vienen avalados por tres temporadas en la semana de la moda de Milán con éxito de crítica (su aura empieza a entreverse y esto da autoridad). Veremos el estreno en septiembre.

Su fichaje para Gianfranco Ferré repercute en otra casa, la de Malo, para la que hasta ahora trabajaban y que no ha tardado ni un día en anunciar sustituto. Será Antonio dell´Aqua.

El problema de Ferré no es único. Éste ha sido un año movidito para la real corte del lujo y la costura. Valentino anunció su despedida y precisaba de sucesores. Se nombró a Alessandra Facchinetti, quien además ya contaba con cierta experiencia en líneas sucesorias al suplantar a Tom Ford en Gucci.

Loewe, nuestra única marca de lujo en la moda, que desde hace años se encuentra en plena búsqueda de sí misma, también cambiaba de diseñador: al español Jose Enrique Oña Selfa por el británico Stuart Vevers, que por entonces estaba en Mulberry. Apenas un año bastó a la dirección de la histórica casa española, hoy propiedad del grupo LVMH, para percatarse que necesitaban otro enfoque creativo. Vevers se estrenó esta última semana de la moda de París con una minicolección, es decir, con las cuatro piezas que tuvo tiempo de pensar y confeccionar. Eso sí, en ellas ya se percibió cierto aire refrescante de modernidad, que a Loewe ya le convenía.

Más cambios. En Salvatore Ferragamo se estrenaba también este febrero la española Cristina Ortiz, en substitución de Graeme Black, un diseñador escocés con larga trayectoria por marcas y ateliers. Ortiz, con experiencia en Max Mara, Prada, Brioni y Lanvin, aterrizaba en la casa florentina (que por cierto, acaba de celebrar su 80 aniversario en Shanghai), con el reto de aupar de una vez por todas su colección de prêt-à-porter.

Hubo también el nombre de una española que subió a los titulares de la prensa. La joven Estrella Archs, quien también tuvo su debut puntual por la pasarela de París en septiembre del año pasado, veía sus ilusiones truncadas, antes incluso de tomar asiento, en Cacharel, cuya dirección artística acababa de abandonar Clements Ribeiro (Suzanne Clements + Ignacio Ribeiro). Su paso por la casa fue más fugaz que el de Nielsson por Ferré. La casa francesa había anunciado ya su nombre, pero a última hora se decantó por otro dueto, en este caso el de Eley Kishimoto, formado por Mark Eley y Wakako Kishimoto.

Uf! Parece difícil encontrar joven sucesor, preparado y con capacidad, pero no lo suficientemente conocido y alabado, no fuese a hacer sombra al genio fundador. En todo caso, que su creatividad emane y alcance las más altas cotas desde dentro, con la humildad de rendir tributo colección tras colección al rey muerto. Por muy vanguardista, rompedora, rebelde y transgresora que nos parezca la moda, sus buques insignia, las grandes marcas, los top of the tops, son de lo más conservador que hay. Tanto como lo era la aristocracia del siglo XVIII.